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jueves, 10 de abril de 2014

Sin deberes, sin exámenes, y entre los mejores de PISA






Sin deberes, sin exámenes, y entre los mejores de PISA


El mal lugar en que deja a los alumnos españoles el Informe PISA sobre resolución de problemas de la vida diaria ha puesto en entredicho el actual sistema de enseñanza. ¿Anticuado? ¿Demasiado memorístico? ¿Demasiado dependiente del manual de texto? ¿Se debería potenciar en el alumno la curiosidad por aprender, el interés y la creatividad en el aprendizaje y construir habilidades de pensamiento y razonamiento en los estudiantes?

El Liceo Europeo de Madrid viene aplicando desde hace años una receta pedagógica diferente a la tradicional. De hecho, es uno de los centros españoles que no sólo se salva de los pésimos resultados de PISA, sino que supera con creces la media y la calificación de sus alumnos en la prueba internacional de PISA «ha sido altísima», dice Gonzalo Inclán, director del colegio.

En este centro no hay deberes que llevar a casa por regla general. «A partir de 4º de Primaria les enseñamos a ser responsables con su trabajo y sólo si tienen que entregar uno al final de la semana y no han podido acabarlo en clase, se permite completarlo en casa. Es que los niños ya pasan muchas horas en el colegio –de 9 a 17:00 horas– tiempo más que suficiente para que los alumnos hagan sus trabajos. En Secundaria pueden llevar deberes, pero se advierte al profesor de que al niño no le deben ocupar más de una hora», explica Natalia Inclán, directora educativa del colegio.

Tampoco hay exámenes. Se trata más bien de una evaluación continua del alumno. Y la memorización... «Está prohibida, no aporta nada», añade rotunda Cruz Ezquerra, profesora de Biología.

El niño se convierte en investigador y el profesor en el guía. El centro viene aplicando lo que llaman «enseñanza activa», que no es otra cosa que «aprender haciendo, descubriendo e investigando». «Buscamos el éxito sin que los niños sufran y cada uno va a su ritmo», dice esta profesora con veinte años de experiencia en este centro educativo.

Imaginemos que hoy toca estudiar el universo. «¿Qué sabéis del universo?», preguntaría un profesor del Liceo Europeo a sus alumnos. Después plantearía varias preguntas de investigación a sus alumnos sobre el tema. Y a partir de ese momento ellos se convierten en protagonistas de su propia formación por que son los que tienen que obtener las conclusiones que luego tienen que exponer en clase. El trabajo en equipo es fundamental. Y la tecnología se ha convertido en una herramienta básica. «Es parte de su vida y todas las prácticas integran la tecnología», añade Juan Sanz, director técnico de Bachillerato.

En el centro no se ven libros. Sólo tabletas y pizarras digitales. No hay mochilas abultadas en las perchas y los más pequeños aprenden jugando. El libro es una herramienta más que se puede consultar en la investigación de cada alumno. Al final «cada niño acaba haciendo su propio libro». Los alumnos utilizan Ipad la mitad de la jornada escolar; la otra mitad el lápiz y el papel. «Porque también tienen que aprender a escribir y a dibujar».

Hoy toca Lengua en la clase de Fátima, una de las profesoras de 4º de Primaria (9-10 años). El ejercicio consiste en formar palabras. Así que los alumnos cogen su iPad con asombrosa familiaridad y empiezan a «jugar por parejas a encontrar la mayor cantidad de palabras en dos minutos. Es una especie de «apalabrados». «El objetivo es ampliar el vocabulario, potenciar la creatividad y aprender jugando», dice Fátima. La ortografía se aprende a través de dictados; a escribir, redactando; y a leer, con cuentos.

La flexibilidad es otra de las máximas del centro. «Cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y nosotros siempre los respetamos». ¿Y qué ocurre si un alumno se queda rezagado? «Se le intenta apoyar de manera personalizada, resaltando los logros que ha obtenido hasta ese momento y tratamos de animarle y ayudarle hasta que logre el objetivo que tiene que alcanzar. Esto ocurre con niños más desorganizados, por el método que utilizamos, pero tenemos muy claro que no hay que presionar al alumno. Lo cierto es que todos tienen que alcanzar unos mínimos y, a veces, los niños acaban sabiendo mucho más de lo que se les pide», dicen desde la dirección del centro.

«El otro día vino una madre a verme y se lamentaba de que su hijo no hacía nada bien. Eso en este centro no es posible. Partimos de la base de que todos hacemos algo bien y eso lo potenciamos al máximo para que el alumno tenga buena imagen de sí mismo y logre la seguridad que necesita para conseguir sus objetivos. Eso lo conjugamos con un clima afectivo, de valores morales y de buen comportamiento», recalca Natalia Inclán.

El centro, que ha sido elegido como ejemplo de buenas prácticas para exponer su modelo en el congreso organizado por el Ministerio de Educación hace unos días con motivo del informe Pisa, está convencido de que su modelo funciona y está especialmente orientado a buscar las destrezas necesarias en el alumno que le ayuden no sólo a adquirir conocimientos, también a aplicarlos y a resolver problemas de la vida diaria como los que planteaba el examen de Pisa. «Nuestros alumnos han obtenido muy buenos resultados porque les hemos enfrentados a situaciones desconocidas muchas veces. Están acostumbrados a verse en esta situación y a no tener miedo. Les obligamos a pensar y a buscar soluciones».

En el Liceo Europeo no tiene cabida un profesor que suspende a la mayoría de la clase porque sería considerado un mal profesor. Hay 117 profesores para educar a 1.203 alumnos (una media de un docente por cada diez alumnos). Eso sí, los profesores reciben continuos cursos de formación y «cuando llegas, cambiar el chip sobre el método de enseñanza tradicional, cuesta. Y mucho».

Rocío Ruiz, 


Extraído de: http://www.larazon.es/detalle_movil/noticias/6037342/sin-deberes-sin-examenes-y-entre-los-mejores-de-pisa#.U0Wxuqh_u_i

jueves, 13 de marzo de 2014

No le enseñes a tus hijos a decir "lo siento"




NO LE ENSEÑES A TUS HIJOS A DECIR “LO SIENTO”

La profesora de pre-escolar 
Ann Hardesty McKinley comparte su método para enseñarle empatía a sus preescolares. Los niños a esa edad no entienden las palabras “lo siento”, ella nos dice, “entonces, les enseño lo que lo siento significa”.
Yo soy la peculiar profesora de pre-escolar que no obliga a los niños a decir “lo siento” cuando lastiman a un compañero con palabras o acciones.
Lo que si hago, es que le pregunten a su compañero, “estas bien?” Algunas veces la respuesta es “Si”, pero la mayoría de las veces es “No”. Después les digo que vayan y pregunten: “Que puedo hacer para que te sientas mejor”, en ese momento, les hago sugerencias de que hacer: “Necesitas ayuda para reconstruir tu torre de bloques?




 Necesitas un abrazo? Una toalla de papel mojada haría sentir mejor el dolor de ese golpe? Quieres que te deje solo?”. Se que esto funciona porque pasamos por estas situaciones en otoño, y en la primavera cuando algún chico se cae en el parque juegos, otros niños corren hasta donde esta el y le preguntan: “Estas bien? Que puedo hacer para que te sientas mejor?”.
El fondo de esto es que no estamos buscando culpables, estamos marcando la diferencia.


Extraído de la web: lexingtoncommuitybuilding.org 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Si quieres ser encantador/a de niños...




Si quieres ser encantador/a de niños...

Algunas veces me han llamado "La encantadora de niños". Se daban situaciones en que, cuando nadie podía controlar a alguno de los niños revolucionarios, me llamaban a mí y con sólo decirle que se siente, sin ningún tipo de riña, el pequeño revolucionario hacía caso y se sentaba sin más.
Bueno, que quede claro desde ahora mismo que no tengo ninguna varita mágica y tampoco uso la mágia negra (ni de ningún color). Y por supuesto no empleo el miedo.


¿Cuál es el truco entonces? El respeto. Yo respeto a los niños desde lo más profundo de mi ser, no porque haya que hacerlo ni porque quede bonito, sino porque así me nace. Cuando veo un niño veo una persona, algo más bajita y con la cabeza más grande, pero persona en todos los sentidos (y no sólo un proyecto de persona como ven algunos). No me creo superior, no me acerco a ellos para inculcarles mi verdad absoluta, sino para ayudarles a descubrir la suya. No considero minucias ninguna de las cosas que a ellos les preocupan. No doy órdenes, sino que pido las cosas y les explico por qué se las pido. Y ellos me las dan.
Respeto. Si alguien quiere ser respetado, tiene que empezar por respetar. Nuestros pequeños, por queridos que se sientan en su familia, por buenos que sean sus padres, muchas veces se encuentran con que ocupan una posición en la familia diferente a la que ocupan los adultos. A la hora de tomar decisiones su opinión no cuenta, sus argumentos infantiles no son escuchados y en un momento dado escuchan la palabra "cállate" (sobre ésta escribiré un post entero). Hay todo un arsenal de lenguaje no verbal que transmite un mensaje de superioridad por parte de los adultos hacia los niños, un lenguaje involuntario que usan incluso aquellos padres que malcrían a sus hijos hasta convertirlos en tiranos (ojo, respetarles como iguales no significa no poner límites). Y ellos lo perciben, de manera inconsciente o consciente. Entonces su juego consiste en desestabilizar al "superior" para demostrar su poder. Pero cuando no hay nadie superior, no hay que demostrar ningún poder, por lo que ellos responden al respeto con el mismo respeto.


Así pues, mi primer consejo en este blog es: si alguien quiere convertirse en un/a encantador/a de niños, tiene que revisar sus pensamientos inconscientes por si hubiera algún vestigio de sentimiento de superioridad en ellos.
Se deben revisar también los actos preguntándose cada vez: ¿me permitiría actuar así con un adulto? Por ejemplo ¿abriría su bolso (mochila) para sacar de ahí lo que me pareciera? Seguro que no. Y no digo que no haya que tener un control sobre el niño, sino que debe serun control respetuoso. En vez de abrir la mochila sin más, se le puede pedir al niño que saque la agenda (o incluso todo el contendido de la mochila si algún hecho grave nos lleva a la necesidad de revisar este contenido) respetando su espacio y el control sobre SUS cosas. Es cuestión de respeto y dignidad. Cuando revisamos sus cosas sin ninguna participación por su parte, estamos transmitiendo el mensaje "Aquí mando yo, soy superior y tú tienes que someterte a mis normas." En cambio, cuando le hacemos partícipe de ello, cuando le pedimos que saque la agenda, por ejemplo, le estamos transmitiendo un mensaje respetuoso hacia su persona, su privacidad y sus pertenencias. Incluso con niños muy pequeños, cuando sí o sí hay que meter mano a la mochila para limpiarla, se puede hacer de modo que no resulte invasiva simplemente implicándoles en la tarea de limpiar su mochila.
Aparte del respeto obtenido a cambio, con estas actitudes obtenemos otro beneficio para nuestros hijos: sensación de control. No hay nada más empoderante que tener la sensación de control sobre aspectos de nuestra vida. La falta de control, la dependencia de decisiones ajenas, genera dependencia e inseguridad, sentimientos que se prolongarán en el tiempo y probablemente permanecerán en la vida adulta.


lunes, 16 de mayo de 2011

Educar sin castigar







Educar sin castigar



Hay quien cree que es imposible educar sin castigar. Hay quien ni tan siquiera se plantea que pueda haber alternativas.

¿Alternativas?

Sí, las hay. Pero debemos replantearnos de arriba a abajo la relación padres/hijos. Hay quien cree que los niños son "adultos en período de pruebas", olvidando que son personas, que no se están preparando para la vida sino que ya están viviendo su propia vida.

Hay tres cuestiones fundamentales a tener en cuenta cuando pedimos algo a un niño o cuando, después de habérselo pedido y que no nos haya obedecido, nos proponemos castigarle:

1) ¿Qué es exactamente lo que quieres que haga, o lo que querrías que hubiera o no hubiera hecho?

2) ¿Por qué motivo quieres que haga lo que le estás pidiendo?

3) ¿Cuál quieres que sea su motivo para hacerlo?

¿Quieres que se acabe la comida porque tú lo has decidido de forma unilateral y arbitraria?

 ¿Quieres que se la acabe porque le has amenazado con quitarle la tele si no lo hace?
 ¿O quieres que se la acabe cuando realmente tiene hambre y necesita comer? Confía en él. 
Relativiza y pon el asunto en perspectiva: ¿qué importancia tendrá dentro de cinco (o diez o veinte) años el hecho de que hoy no se haya terminado la comida?





Cuando te hayas replanteado tus motivos, te darás cuenta de que empiezas a pedirle sólo las cosas que son realmente importantes.

 Pero ¿qué pasa si, aún así, tampoco obedece? Si no podemos castigarles, los niños tendrán vía libre para hacer todo lo que quieran, ¿no? Pues no.
 De ninguna manera. (Liberty, not license, que decía A.S. Neill). Lo que debemos buscar son las consecuencias lógicas y naturales a los hechos concretos.
 Supongamos que le has pedido que se vistiera, no lo ha hecho y, en consecuencia, vais a llegar tarde a la fiesta de cumpleaños a la que estáis invitados.
 Dejarlo sin tele, sin parque, sin postre o encerrarlo durante diez minutos (o uno por cada año de edad) en su habitación para que reflexione acerca de su actuación son cosas que no tienen absolutamente nada que ver con el comportamiento que hemos considerado inadecuado.
 SI habéis llegado tarde a un lugar al que le apetecía ir, es muy posible que el solo hecho de haber sido el último en llegar sea suficiente castigo para él. O el hecho de que sus amigos no quieran jugar con él cuando les pega o cuando no les presta sus juguetes. O el hecho de repetir curso por no haber estudiado lo suficiente.
 Con un castigo "extra" podemos corregirle, controlarle y reafirmar nuestra autoridad y nuestra superioridad, pero los efectos secundarios pueden ser devastadores: destruiremos su autoestima y frenaremos su crecimiento personal.

Con la disciplina positiva y las consecuencias naturales, en cambio, protegemos y educamos.

¿Qué necesitamos, entonces, para educar sin castigar?

En primer lugar, confianza. Debemos deshacernos de nuestra necesidad de tener el control permanente sobre otras personas, incluso aunque esas personas sean nuestros hijos.

En segundo lugar, empatía. No debemos esperar que hagan cosas para las que aún no están preparados. Debemos tener en cuenta sus limitaciones y adaptarnos a ellos, no esperar que sean ellos los que se adapten a nuestro mundo de adultos.

En tercer lugar, imaginación. La imaginación es el factor clave para encontrar alternativas al castigo. Antes de que la situación nos supere, podemos ponerle un toque de humor (unas cosquillas, un chiste, unas risas...). Podemos negociar de igual a igual. O podemos propiciar un cambio de contexto.

Pero, sobre todo, necesitamos ser coherentes (y ellos necesitan que lo seamos).

El comportamiento se puede manipular con un sistema de premiso/castigos pero, entonces, no estaremos educando personas sino que estaremos criando ratas de laboratorio. ¿Queremos niños libres y felices o queremos perros de Pavlov? ¿Es necesario recordar que el comportamiento se aprende por imitación?



Cuando pensar es un castigo


Poner a un niño de cara a la pared, arrodillado y haciéndole sujetar un par de pesados libros con cada mano no está bien visto. Pegarle es, incluso, ilegal en un gran número de países. En las sociedades occidentales los padres suelen disponer de poco tiempo (y, en ocasiones, de pocas ganas) para buscar otras formas más eficaces de disciplinar a los hijos. De ahí que un programa televisivo nefasto como es la Super Nanny haya tenido tantísimo éxito.





Como los castigos, en el sentido tradicional del término, empiezan a ser políticamente incorrectos, los adultos hemos recurrido no a nuevas estrategias sino a nuevos eufemismos. 


Hay un castigo clásico llamado “time out” (tiempo fuera) que consiste en aislar durante cierto período de tiempo al niño que se ha portado mal. En primer lugar, deberíamos revisar el concepto de “portarse mal”. 
¿Se ha portado mal el niño de dos años que ha derramado el vaso de leche porque todavía no ha terminado de desarrollar su motricidad fina?
 ¿Se ha portado mal el niño que ha montado un escándalo porque no quería bañarse a la hora que tú has decidido que debía hacerlo?
 En segundo lugar, deberíamos revisar, también, nuestras normas que, normalmente, son arbitrarias y tienen poco sentido. ¿Es realmente tan importante merendar a las cinco y no a las seis de la tarde? ¿O tendría más sentido que el niño merendara cuando tuviera hambre? ¿Es tan importante ver la tele sólo durante una hora al día? ¿O tendría más sentido negociar con él para que pueda ver su programa favorito completo en vez de disponer sólo de cierta cantidad de tiempo?

Aplicando este tipo de consecuencias artificiales lo que conseguimos es que nuestros hijos se esfuercen por no ser descubiertos en futuras ocasiones y esto implica que empiecen a mentirnos.
 Si nuestros hijos confían en nosotros y se sienten seguros en nuestra compañía, nos contarán las cosas que han hecho o que les han pasado.
 Pero, si no confían en nosotros y no se sienten seguros porque saben que les caerá una “consecuencia”, lo más probable es que no nos lo cuenten. Ni a los dos años, ni a los siete ni a los dieciséis.
 ¿Es ése el tipo de relación que queremos tener con ellos? Porque es fácil quejarse de lo herméticos que son los adolescentes y no querer darse cuenta de que, quizás, somos nosotros los que hemos alentado esta actitud cuando, de pequeños, los hemos mandado a “pensar” en vez de hablar con ellos.
Aislar al niño por haber incumplido normas que quizás no comprende (y que quizás no tengan ningún sentido) supone una enorme falta de respeto hacia él, además de una humillación totalmente innecesaria (como toda humillación, dicho sea de paso).


 Se le ha cambiado el nombre al clásico “time out” y ahora se le llama “silla o rincón de pensar”. 


Con lo cual convertimos el pensar en un castigo. Quiero creer que, en realidad, no queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que pensar es un castigo. Sin embargo, ése es justamente el mensaje que les transmitimos. Es más, durante el tiempo que dura su aislamiento (que, según “expertos” como la Super Nanny ha de ser equivalente a un minuto por año de edad) lo que el niño piensa en realidad es cómo evitar ser descubierto la próxima vez; y la lección que aprende es que gana el más fuerte o el más astuto. De este modo, el niño aprende a calcular el “precio” de sus acciones y a decidir, en cada caso, si vale la pena o no asumir el riesgo.

Desde los años 50, los científicos que han estudiado la disciplina han venido clasificando a los padres en función de que basaran sus actos hacia los niños en el poder o en el amor. 


La disciplina basada en el poder incluye (o puede incluir) pegar, gritar y amenazar.

Los castigos, por supuesto, son una forma de amenaza, un claro chantaje: “si no te acabas la comida, no podrás salir a jugar”, por ejemplo. La disciplina basada en el amor, en cambio, incluye prácticamente todo lo demás.
 A los lectores interesados en conocer alternativas prácticas y reales al castigo, les recomiendo encarecidamente la lectura de los libros “Por tu propio bien” de Alice Miller,
 “Crianza incondicional” de Alfie Kohn,
 “Ser padres sin castigar” de Norm Lee (disponible gratuitamente online),
 “Padres liberados, hijos liberados” de Adele Faber y Elaine Mazlish y el libro de Rosa Jové sobre las rabietas que está a punto de ser publicado. 
Para ir abriendo boca, pueden buscar en internet los siguientes artículos: “Cinco razones para dejar de decir muy bien” de Alfie Kohn, “Las rabietas” de Rosa Jové,
 “Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales” de Naomi Aldort o “Educar sin castigar” publicado por quien suscribe estas líneas en la revista www.atalisdigital.com (pág.47).



Artículo de Laura Mascaró

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